lunes, 19 de marzo de 2012

El guitarrista zurdo que se enamoró de la Luna.


Diego vivía en el barrio de los girasoles. Le gustaba mucho leer en su cama y mirar a Luna por la ventana. Le gustaba tocar la guitarra y mirar a Luna por la ventana. Y a veces simplemente le gustaba mirar a Luna por la ventana.

Una noche Diego decidió alcanzar a Luna, no importaba si Luna estaba muy lejos, él quería llegar.

Ató todas las escaleras que había en el vecindario y aun así no llegó.

Infló todos los globos de helio que vendían en la feria y aun así no se elevó.

Diego no sabía qué más hacer. Habían pasado muchas noches y Luna seguía muy lejos.

Pasaron los años y poco a poco Luna empezó a notar que Diego ya no tocaba la guitarra, que diego ya no leía y que diego ya no la miraba, Luna empezó a notar que diego ya no estaba.

Una noche estrellada Luna se asomó por la ventana de Diego y encontró el porqué de su ausencia: Diego había dejado de creer.

Al regresar al cielo, Luna, preocupada, no podía dejar de pensar en cómo hacer que Diego creyera otra vez. Luna pensaba y pensaba y no dejaba de pensar cuando, de repente, se le ocurrió la mejor de las ideas. "Le regalaré unas alas", dijo Luna. Y así fue que mientras Diego dormía le empezaron a crecer dos grandes y blancas alas.

Al despertar, Diego se sintió un poco raro, tomó un vaso de agua como de costumbre y fue a lavarse los dientes y la cara. Cuando intento cambiarse de polo fue que las vio. "¡Tengo alas!", exclamó, y sin pensarlo dos veces tomó impulso, salió por la ventana y voló.

Voló tan alto y tan lejos como pudo, jugó con las nubes, cantó con los pájaros, conversó con el sol y así, sin darse cuenta, llegó la noche y con ella la Luna salió.

Las nubes del cielo se acomodaron formando una alfombra sobre la cual Diego pudiera descansar abrazando a Luna, las estrellas sonreían y brillaban tenuemente, Luna miraba a Diego y Diego miraba a Luna.

- ¿Eres feliz? -preguntó Luna.
 - Ahorita, sí –respondió Diego.

Los ojos de Luna miraban fijamente sus gestos, Diego no podía ocultar su alegría, en ese momento Diego era muy feliz.

Las nubes empezaron a hacer camino y desde lejos solo se escuchaba el sonido del mar.

- Toca para mi -pidió Luna mientras acariciaba su cabello.

Las blancas alas de diego se abrieron y con elegancia empezó a volar, tardó unos minutos en volver acompañado de su guitarra. De inmediato, comenzaron a sonar las melodías más hermosas que Luna jamás había escuchado.

El cielo envolvía a Diego y a Luna entre miradas y canciones de amor, el viento jugaba con las nubes y las estrellas brillaban contentas.

- ¿Sabes por qué te di alas? -preguntó Luna.
- Para venir por ti -contestó Diego.
- No, te di alas para que seas libre, para que vuelvas a creer en lo que amas, en lo que sueñas y en lo que quieres.

Se hacía cada vez más tarde y el cielo se iba aclarando, ya los pájaros habían empezado a despertar.

- No quiero que te vayas -exclamó Diego.

Luna lo miró fijamente y contestó:

- Yo no me voy a ningún lado, yo vivo aquí.





Este cuento lo escribí inspirada en alguien muy especial, tú sabes quién eres.

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