Diego vivía en
el barrio de los girasoles. Le gustaba mucho leer en su cama y mirar a Luna por
la ventana. Le gustaba tocar la guitarra y mirar a Luna por la ventana. Y a
veces simplemente le gustaba mirar a Luna por la ventana.
Una noche Diego
decidió alcanzar a Luna, no importaba si Luna estaba muy lejos, él quería
llegar.
Ató todas las
escaleras que había en el vecindario y aun así no llegó.
Infló todos
los globos de helio que vendían en la feria y aun así no se elevó.
Diego no sabía
qué más hacer. Habían pasado muchas noches y Luna seguía muy lejos.
Pasaron los
años y poco a poco Luna empezó a notar que Diego ya no tocaba la guitarra, que
diego ya no leía y que diego ya no la miraba, Luna empezó a notar que diego ya
no estaba.
Una noche
estrellada Luna se asomó por la ventana de Diego y encontró el porqué de su
ausencia: Diego había dejado de creer.
Al regresar al
cielo, Luna, preocupada, no podía dejar de pensar en cómo hacer que Diego creyera
otra vez. Luna pensaba y pensaba y no dejaba de pensar cuando, de repente, se
le ocurrió la mejor de las ideas. "Le regalaré unas alas", dijo Luna.
Y así fue que mientras Diego dormía le empezaron a crecer dos grandes y blancas
alas.
Al despertar,
Diego se sintió un poco raro, tomó un vaso de agua como de costumbre y fue a
lavarse los dientes y la cara. Cuando intento cambiarse de polo fue que las vio.
"¡Tengo alas!", exclamó, y sin pensarlo dos veces tomó impulso, salió
por la ventana y voló.
Voló tan alto y
tan lejos como pudo, jugó con las nubes, cantó con los pájaros, conversó con el
sol y así, sin darse cuenta, llegó la noche y con ella la Luna salió.
Las nubes del
cielo se acomodaron formando una alfombra sobre la cual Diego pudiera descansar
abrazando a Luna, las estrellas sonreían y brillaban tenuemente, Luna miraba a
Diego y Diego miraba a Luna.
- ¿Eres feliz?
-preguntó Luna.
- Ahorita, sí –respondió Diego.
Los ojos de Luna
miraban fijamente sus gestos, Diego no podía ocultar su alegría, en ese momento
Diego era muy feliz.
Las nubes
empezaron a hacer camino y desde lejos solo se escuchaba el sonido del mar.
- Toca para mi
-pidió Luna mientras acariciaba su cabello.
Las blancas
alas de diego se abrieron y con elegancia empezó a volar, tardó unos minutos en
volver acompañado de su guitarra. De inmediato, comenzaron a sonar las melodías
más hermosas que Luna jamás había escuchado.
El cielo envolvía
a Diego y a Luna entre miradas y canciones de amor, el viento jugaba con las
nubes y las estrellas brillaban contentas.
- ¿Sabes por qué
te di alas? -preguntó Luna.
- Para venir
por ti -contestó Diego.
- No, te di
alas para que seas libre, para que vuelvas a
creer en lo que amas, en lo que sueñas y en lo que quieres.
Se hacía cada
vez más tarde y el cielo se iba aclarando, ya los pájaros habían empezado a
despertar.
- No quiero
que te vayas -exclamó Diego.
Luna lo miró
fijamente y contestó:
- Yo no me voy
a ningún lado, yo vivo aquí.
Este cuento lo escribí inspirada en alguien muy especial, tú sabes quién eres.

